8 oct 2011

Desliz


Clara se había presentado a la cita que su madre había acordado en una clínica con una increíble reputación, miraba desde el pavimento el inmenso edificio, al ser una clínica de renombre poseía varias especialidades y por ende varios pisos, entre ellas destacaba ginecología, a pesar de sus 23 años, la joven no había tenido ni atisbo de vida sexual hasta hace una semana, motivo por el cual ahora se encontraba mirando la construcción sin decidirse a entrar.
 ¿No entrarás? — una melodiosa y femenina voz irrumpió en sus pensamientos, Claro pasó su mirada hacia la mujer que le hablaba.
— Si, pero estoy tomando valor — respondió Clara regresando la mirada hacia el edificio, el cual se había visto imponente hace unos segundos y ahora parecía una construcción cualquiera, la mujer que le había hablado opacaba de sobremanera dicha construcción. La atractiva mujer tomo el brazo de Clara, al sentirla cerca, la joven sintió que su corazón se aceleraba, no supo si por causa de la fragancia a vainilla que la mujer emanaba o por su angelical belleza.
— Vamos, te acompaño, trabajo aquí — Comunicó la alta, morena e imponente mujer caminando hacia el edificio y llevando consigo a Clara. Minutos después Clara ya se encontraba en la recepción de la clínica.
— No fue tan difícil, ¿eh? — Dijo la mujer soltándola  para luego caminar hacia la recepción, intercambiar palabras y retirase dejando a Clara sin saber que hacer o decir. La joven miro hacia todas direcciones, había sucedido todo tan rápido que no logró preguntarle su nombre a aquella hermosa mujer.
Después de vencer su vergüenza en recepción, solicitó información sobre la consulta ginecológica, realizó papeleo y luego se encaminó al quinto piso del enorme edificio, en el camino se cruzó con muchas personas pero no las miraba, llevaba la cabeza gacha, se sentía como una niña yendo por primera vez al doctor. Al entrar al consultorio destinado se sorprendió de encontrar a la atractiva mujer que la había ayudado minutos antes.
— Que coincidencia, no imaginé que tú eras la chica que pidió consulta por teléfono, Clara Hemingway — Saludó la doctora levantando la mano e inclinando la cabeza. Clara cerró la puerta y se quedó quieta y en silencio.
— No soy una chica, tengo 23 años — Dijo Clara en voz baja mientras miraba el suelo como si éste fuera de lo más entretenido del universo.
La doctora movió de derecha a izquierda la cabeza y se levantó de su cómoda silla.
— Perdona, comencemos de nuevo — se disculpó la doctora para luego aclarar la garganta al tanto que caminaba hacia Clara. — Elizabeth Mcford, especialista en ginecología — se presentó la mujer extendiendo su mano hacia Clara, la cual tomó la mano y estrechó de buena manera, al fin sabía el nombre que aquella hermosa mujer, se recriminó mentalmente por pensar aquello, después de todo Elizabeth era su ginecóloga además de Mujer al igual que ella.
— Primero deberás quitarte la ropa y colocarte una bata — Indicó la doctora al tiempo que señalaba con la mano extendida hacia el baño. Clara sonrió nerviosamente y obedeció; minutos más tarde Clara se encontraba ya en la cama de exploración.
— Sentirás extraño, como una molestia y tal vez un poco de frio — Comentó la doctora colocándose los guantes de látex — recuéstate y coloca las piernas en los soportes — agregó señalando los brazos de hierro que se alzaban en los extremos de la cama, Clara colocó las piernas en posición y así la Doctora procedió a realizar el examen.
Hora y media después clara se encontraba ya en casa, aquella visita a la clínica la había hecho sentir más adulta, además de que la doctora Elizabeth le había hecho sentir inexplicables emociones, las cuales, su marido no había logrado.
— ¿Cómo te fue?  — Pregunto Eduardo sirviéndole una taza de té y luego tomando asiento delante de ella en la pequeña mesa de comedor que poseían.  La casa aún se encontraba vacía salvo las cajas que se apilaban en la sala cerca de la puerta; Clara se había casado hace una semana y debido a que temía embarazarse de buenas a primeras, terminó visitando la clínica.
— No tengo nada ni tampoco estoy embarazada — respondió Clara tomando un sorbo del té de anís servido por su marido, él suspiró y junto las manos agradeciendo a las entidades divinas por la salud de ella.
Clara aun no sabía cómo podía su esposo ser tan devoto a la religión, a ella sus padres no se lo había inculcado de pequeña, por lo que, ahora de grande, tanto comportamientos como ideas religiosas estaban fuera de cuestión, pero lograba convivir con él debido a su enorme paciencia y tolerancia.
— Realmente me alegra, todavía es demasiado pronto para los hijos, ya veremos dentro de unos años — comentó Eduardo terminándose el té, seguidamente se levantó y colocó la taza vacía en el lavabo.
Ella agradeció el pensamiento de Eduardo, ya que ella tampoco quería tener hijos, al menos no ahora.
— ¿te vas? — preguntó mirándole de reojo lavar la taza, otra cualidad de su marido era su extrema limpieza y consideración, no esperaba a que llegase ella a lavar los trastes, la ropa o diversas actividades de mujer de casa común, ese detalle mantenía el equilibrio en sus tareas diarias; se había casado hace una semana, pero había vivido juntos durante muchos años en una relación formal.
Eduardo asintió con la cabeza, terminó de lavar la taza, secó sus manos y se acercó a ella.
— Regreso en la noche, como siempre, te amo — se despidió depositando un beso en la  frente de Clara, ella le respondió con un beso en los labios. El hombre se fue y Clara se quedó sola nuevamente sumidad en sus pensamientos.
Dos meses pasaron, en su vida matrimonial, tanto ella como Eduardo se mantenían como una vieja pareja casada, las escasas noches juntos no duraban lo suficiente como para satisfacerla, pero debido a la vergüenza de admitir que disfrutaba del sexo, Clara se veía optando por disfrutar el poco tiempo y dormirse insatisfecha rato después.
Ese día tenia cita en la clínica, los resultados de los análisis específicos ya estaba listos, Clara se encontraba emocionada, había estado esperando dos meses por ir y ver a la doctora, no tenía clara la idea de porque se sentía así, pero no pensaba dedicarle tiempo a razonarlo, tal vez sólo había visto en la mujer una prometedora amiga. Clara se arregló como la primera vez que salió en una cita con su actual esposo, incluso él se sorprendió al verla tan arreglada.
— Hoy te vez hermosa, ¿se celebra algo? — cuestionó Eduardo antes de salir por la puerta y dirigirse a su trabajo, ella negó con la cabeza y le sonrió.
— Nada cariño, simplemente entré a mi etapa de querer verme hermosa, ¿es un pecado? — respondió Clara con las manos en la cintura demostrando que, efectivamente, se veía mucho más joven con aquel atuendo y maquillaje. Eduardo negó con la cabeza, se despidió de ella con un ademán de mano y salió de la casa cerrando la puerta tras sí.
Clara acudió a la cita sorprendiendo a Elizabeth con su puntualidad y extremo acicalamiento, le sonrió apenas pasó por la puerta, las señales habían llegado muy claras, la mujer morena de cabellera cobriza no iría esa vez solamente por los resultados, iría por algo más.
— Buenos días doctora — saludó Clara acomodando uno de sus largos mechones tras su oreja en gesto nervioso. Elizabeth se levantó de su asiento y se acercó a ella.
— Hoy se ve muy hermosa Clara — comentó Elizabeth a unos cuantos pasos de ella con los brazos cruzados y la mirada penetrante en el cuerpo de Clara.
— Muchas gracias doctora, hace mucho que no me tomaba la molestia de arreglarme — respondió Clara desviando la mirada nerviosa.
Elizabeth caminó hacia la puerta y le colocó seguro, ese día estaba de suerte, Clara estaba a su completa merced y pensaba aprovecharlo.
— Dime Elizabeth, estamos en confianza, toma asiento — Dijo Elizabeth señalándole la cama de examinación, Clara obedeció y se sorprendió al no ver los dos brazos metálicos a los costados de dicha cama, optó por mantener la boca cerrada, alguna explicación lógica debía tener, así su mente dejó de buscar opciones a su parecer bizarras.
Clara no supo en que momento Elizabeth había acortado la distancia entre ellas, lo único que pudo pensar fue que aquella mujer besaba de una manera increíblemente sensual, no comparable con los besos castos y poco entusiastas de su marido, debido a su constante represión sexual dejó que ésta tomase el control de su cuerpo y así pasó la hora de consulta en los brazos de la doctora.
Minutos después del último clímax Clara cayó en cuenta de su realidad, había cometido el peor de los errores en su vida, había engañado al hombre más perfecto del mundo por una simple calentura, y peor aún, con una persona de su mismo sexo, consternada se zafó de los brazos de Elizabeth, tomó su ropa, se vistió y salió del consultorio dejando a Elizabeth con mil y un preguntas en la boca.
Horas más tarde llego a su casa, Eduardo la recibió con un cariñoso abrazo y un dulce beso, aquellos gestos la hicieron sentirse aún más culpable, sin darle explicación a su esposo, se encerró en el baño.
— ¡Cariño!, ¿Qué sucede? — preguntó Eduardo con tono preocupado mientras trataba en vano de abrir la puerta. Clara  se sentó en el bacín y rompió en llanto, se sentía la mujer más sucia y mal agradecida del planeta, Eduardo al no recibir respuesta optó por dejar de insistir.
— Cuando quieras decirme, estaré en la habitación — dicho esto se retiró al cuarto; las palabras no llegaron a Clara, ella solo podía oír sus sollozos.  Después de tranquilizarse y lavarse el rostro, Clara se dirigió a la habitación de su esposo; lo encontró recostado en la cama leyendo la biblia, uno de sus hábitos antes de dormir, al ver el libro en sus manos no pudo evitar sentirse como el mismísimo diablo, resignada tomó asiento en la orilla de la cama.
— Lo lamento, he estado muy sensible últimamente — se excusó Clara tomando su pijama para luego colocársela y meterse bajo las sábanas.
— Me alegro que solo sea eso, pensé que algún análisis había resultado mal — Dijo Eduardo cerrando la biblia, la coloco en el cajón del buro al lado de la cama  y miró a Clara. — Buenas noches amor — agregó besándole la frente; todas las noches en las que no mantenían relaciones sexuales, él le daba un beso en la frente y de inmediato caía rendido, Clara se había acostumbrado, pero ahora sentía que esa muestra de afecto era demasiado para ella, con el filo de la culpa amenazando su alma cerró los ojos y durmió profundamente.
Esa noche soñó como nunca había soñado, con ella en la consulta rodeada de abrasadoras flamas y la sonrisa seductora de Elizabeth que la miraba desde su asiento sin inmutarse de la temperatura del lugar. Gritó desesperada, trató de salir pero las puertas y ventanas estaban selladas, se vio después caminado por calles desiertas, casas destruidas y olor a azufre; sobresaltada despertó del sueño, el reloj marcaba las seis de la mañana, respiró profundo y salió de la cama dispuesta a olvidar aquella pequeña desviación que había cometido, después de todo, una mujer no podría contar como infidelidad, al menos eso se obligó a pensar para así sentirse bien consigo misma. El día paso tranquilamente hasta que en la tarde tocaron la puerta, ella y Eduardo se encontraban mirando una película en el televisor, ese día era sábado por lo que ambos se pasaban en casa descansando.
— Iré a ver quién es — Dijo Clara deshaciéndose con sutileza del abrazo de su esposo, éste le sonrió y siguió mirando la película; Clara abrió la puerta y casi se desvanece de la impresión, la doctora Elizabeth se encontraba ahí delante de ella, con ropa de calle mirándola de una manera que le hizo dar un vuelco el corazón.
— Me alegra que la clínica tenga registro de los pacientes — comentó Elizabeth sonriendo ampliamente — no me agrado como terminamos, te he extrañado — agregó rodeándola en un abrazo que iba más allá de lo fraternal, Eduardo había dejado de ver la película y miraba la escena con el ceño fruncido y el rostro descompuesto.
Clara posó su vista en la calle, la cual se encontraba vacía, pero por alguna razón deseó que estuviese llena de carros para salir corriendo y dejarse arrollar, la culpa le corroía los huesos y ahora que había sido expuesta no podía hacer nada.
— Clara, ¿Qué significa esto? — preguntó Eduardo demandante acercándose a ellas, Elizabeth al ver a Eduardo soltó a Clara y le dio un poco de espacio.
— ¿eres casada? — fue el turno de Elizabeth de preguntar, el tono demandante y dolido de ambos le taladró a Clara el corazón, las lágrimas inundaron sus ojos.
— ¡No fue mi intención!, ¡no pude evitarlo! — exclamó entre sollozos tratando de enjuagar las lágrimas que salían sin querer controlarse.
Eduardo caminó a la cocina, tomó las llaves del automóvil y salió de casa, no sin antes decir un “hasta nunca” desprovisto de emociones. Clara se derrumbó en el suelo, había arruinado toda su futura felicidad por un momento de lujuria, Elizabeth la rodeó en un abrazo y le ofreció su pecho para llorar. Después de aquel acontecimiento Eduardo le pidió el divorcio y ella nunca logró perdonarse, por lo que se fue de la ciudad lejos de aquellos sentimientos que la hicieron perderse, lejos de su pecado.

FIN

Viejos tiempos


Una mujer miraba por el gran cristal con los ojos grandes y brillosos de chiquilla cuando encuentra un juguete nuevo y lo desea, el dependiente de la tienda al verla desde su sitio, limpiando los cristales fijó su atención en el objeto que la mujer miraba, unos zapatos dorados con franjas plateadas, un excéntrico par de zapatos.
— ¡Los quiero! — Exclamó la mujer jalando de la manga al hombre a su lado, un joven alto, apuesto, de barba de días, ojos grandes y de un profundo azul, cabellera oscura enrulándose en su cráneo. El dependiente que había estado observando a la mujer lo reconoció enseguida, aquel espécimen era su tío, aquel tío que había sido como su padre en la etapa que más había necesitado.
— No bromees Anabelle, ya sabes que solo debemos gastar lo necesario, nada de extravagancias, no somos ricos — Respondió el hombre dando la espalda al gran cristal, Anabelle infló los cachetes y bajó la cabeza resignada.
— ¡Tío Gabriel!, no te preocupes, puedo hacerte un gran descuento — Dijo el chico dependiente que había salido del local y ahora se encontraba mirando a la pareja desde el marco de la puerta del local.
Anabelle levantó la vista y fijó su atención en el chico que le había hablado a su hombre, era un joven muy apuesto, al parecer pariente de su futuro marido.
— ¡Alexander!, ¿Qué haces por estos lugares?, ¿trabajas aquí? — Preguntó Gabriel acercándose al mencionado  y rodeándole enseguida en un abrazo.
Anabelle levantó la cabeza y se acercó a ambos hombres, uno más bajo que el otro, pero ambos sumamente masculinos, Alexander se veía como un Gabriel adolescente, todo en él era similar a excepción del lunar debajo de su ojo izquierdo.
— Así es, conseguí un departamento cerca de mi universidad y trabajo medio tiempo para poder costearlo — Respondió Alexander abrazando de vuelta a su tío, Anabelle examinó al joven adulto de arriba hacia abajo, sonrío en sus adentros.
— ¡¿No me presentarás?! — exclamó Anabelle demandante mientras miraba a los dos hombres con las manos en su cintura y el ceño fruncido. Gabriel soltó a su sobrino y encaró a su exigente prometida.
— Calma cielo, estaba saludándolo, me emocionó verlo — se excusó Gabriel tomándola del rostro para luego depositarle un beso en la punta de su nariz, ella sonrió y se relajó. Alexander por su parte miró hacia otra dirección, las demostraciones de afecto publicas le causaban cierto recelo, después de todo el chico había sido cortado hace menos de una semana.
— Alexander, ella es mi novia y futura esposa Anabelle — presentó Gabriel a la mujer que mantenía sostenida de la cintura de manera posesiva. Alexander extendió la mano en dirección de Anabelle. Ella estrechó su mano y colocó una cándida sonrisa en sus labios que lo hizo estremecerse.
Después de las presentaciones y demás formalidades los tres quedaron en verse dentro de dos horas que Alexander terminase su turno, el tema de los zapatos no fue sacado durante esa breve platica.
— Entonces te veo al rato primo — Se despidió Gabriel abrazando nuevamente al menor, éste le correspondió el abrazo y lo apretó hacia sí. Anabelle los miró con una ceja levantada, su novio nunca se había visto tan cariñoso con otros hombres antes, era reconocido en su trabajo por ser taciturno y por ende antisocial.
— Diviértanse, nos vemos luego Anabelle — Dicho esto Alexander regresó a la tienda, la pareja se tomó de las manos  y se retiró a sus deberes.
Alexander se topó con su jefe al entrar a la tienda, él lo miró despectivamente, odiaba a los chicos de su clase, pero no había tenido más opción que aceptarlo, si no fuese por ese muchacho la tienda estaría en bancarrota.
— Ángel, ¿sucede algo? — preguntó Alexander con tono animado, el cual resultó más fastidioso para su jefe.
— No te pago por hablar, ve a hacer el inventario, si no lo terminas a tu hora te quedarás hasta que lo termines — declaró Ángel dándole la espalda; Alexander sonrió y aceptó la orden de buena gana, sabía que acabaría pronto ya que siempre se adelantaba a las tareas que su jefe pudiese darle, además estaba alegre de haber visto después de dos años a su querido tío.
A la hora acordada Alexander acudió a la cafetería de antaño, lugar al cual había recurrido mil veces luego de disputas familiares, lugar también en el cual Gabriel le había recogido por primera vez, aquel pequeño local era para el joven un centro de recuerdos.
— Alexander, me alegra que vinieras — Saludó Gabriel apareciendo tras el joven, éste sonrió ampliamente, sus ojos se agrandaron.
— Que puntual, recuerdo como siempre me quejaba que llegabas tarde a todos lados — respondió Alexander caminando hacia la mesa de siempre, al fondo, cerca de los baños por cualquier cosa.
Gabriel siguió al joven, tomo asiento junto a él como hace dos años, la relación que ambos tenían no se había hecho añicos después de ese tiempo. Una mesera joven y coqueta les atendió, ambos pidieron una grasosa y enorme hamburguesa, hábito que a ninguno de los dos se les había quitado.
— sigues con la misma dieta, no comprendo cómo no engordas — Comentó Alexander a su tío mientras le palpaba el estómago sin una gota de grasa, más que la necesaria para revestir su marcado abdomen.
Gabriel soltó una sonora carcajada y rodeo con un brazo el cuello de su sobrino.
— ¡ejercicio diario mi estimado! — exclamó orgulloso al tanto que le revolvía la cobriza cabellera, las risas se instalaron en ambos hombres, hacía tiempo que ninguno de los dos se sentía tan relajado como en esos momentos.
— ¿Por qué no has traído a tu novia? — preguntó Alexander separándose del estrecho abrazo en el que había terminado luego de risas incontrolables. Gabriel el dedo índice y señaló al más joven.
— Es mi novia pero no siempre estamos pegados como chicle — respondió Gabriel mirando la hamburguesa que se acercaba hacia ellos, la coqueta mesera les sirvió la cena al tiempo que dejaba adrede a la vista su par de enormes senos, ellos solamente le sonrieron y tuvieron de respuesta un guiño y número telefónico.
— Ya veo, pensé que estaría ella ya que habíamos quedado los tres — Dijo Alexander tomando en sus manos la grande y grasienta hamburguesa para luego darle una gran mordida, Gabriel realizó el mismo acto.
Horas después ambos se encontraban en el departamento de Alexander, Gabriel le había explicado a su sobrino que Anabelle le había dado la noche libre ya que notó que necesitaba tiempo para estar con su adorado sobrino, por lo que el más joven le propuso pasar la noche juntos como en los viejos tiempos.
— justo como tu habitación, un lugar pulcro — comentó Gabriel adentrándose al departamento mientras dejaba su chaqueta en el perchero. Alexander cerró la puerta y se colocó delante de su tío.
— No has olvidado lo que pasamos, ¿no es así?, yo no lo he hecho — declaró Alexander acorralando al gran hombre entre su cuerpo y la puerta. Gabriel suspiró y rodeo de la cintura al de cabellera cobriza.
— Claro que no mi querido, siempre te he tenido presente — acto seguido cubrió el rostro del más joven con besos, suaves y castos besos que hicieron las piernas del joven flaquear. Gabriel lo cogió en brazos y siguiendo las instrucciones de su sobrino terminaron en la habitación.
Días más tarde Anabelle miraba nuevamente el par de zapatos desde afuera de la tienda, Alexander la había visto desde detrás de la caja registradora, mas no quería acercarse, la culpa lo mataba, había retozado con su prometido horas antes.
Anabelle se adentró a la tienda y caminó directo hacia los zapatos, el jefe de la tienda la atendió y así Alexander pudo esconderse tras el mostrador. Gabriel entró a la tienda, había quedado con su querido sobrino de verse para comer, no se percató de la presencia de su prometida en el local.
— Ya quiero ir a comer contigo, anoche termine agotado, eres muy exigente, se nota lo joven que eres todavía — comentó Gabriel mientras se acercaba hacia el mostrador, Alexander se sobresaltó al verlo, rogó porque Anabelle no hubiese escuchado su voz pero fue inútil, la chica les miraba con las manos en jarra y ceño fruncido.
— Pero amé como gritabas mi nombre y los dulces gemidos provenientes de tu boca — agregó Gabriel tomando del rostro al menor, el gran hombre pensó que el sobresalto del jovencito era debido a su causa. Alexander se sonrojó y bajó la cabeza.
— Así que ese tipo de actividades eran las que practicaban hace tiempo… ¡quien lo hubiese creído, que tú me engañarías con un hombre, y además, tu sobrino! — Exclamó Anabelle furiosa haciendo que Gabriel al fin se percatase de su presencia, Alexander se escondió tras el mostrador mientras que el mayor se quedó sin palabras y con el rostro pálido.
— ¡Toma tus promesas de amor y sueños de eternidad juntos, imbécil! — Anabelle lanzo el anillo al rostro de Gabriel, el cual de no ser por sus gatunos reflejos hubiese quedado herido. Anabel soltó en llanto y salió corriendo de la tienda como melodrama de telenovela, quien podría culparla, después de todo había sido víctima de una infidelidad.


FIN

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